Lunes, 09 Abril 2018 09:01

'Mujeres, raza y clase' de Angela B. Davis.(II) Sexismo como arma de control.

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Como ya mencioné en el primer capítulo de estos apuntes, Mujeres, raza y clase es un libro feminista que relaciona diversos aspectos  de marginación y división social desde una perspectiva de género, de raza y de clase. tras haber hablado de racismo, en este segundo capítulo, me centraré en el sexo y el sexismo como arma de control, manipulación y segregación en manos del capitalismo.

Ángela Davis nos indica una de las cuestiones sexistas desde el primer capítulo y lo hace sin titubeos: la violación como arma. Nos expone las semillas de lo que se acabaría convirtiendo en sistemático, es decir, acciones (agresiones, violaciones, acoso sexual) ejecutadas en los años de esclavitud que, cambiando las motivaciones, las justificaciones, se establecerían como sistema de dominación normalizado. En detalle y crudamente analiza la violación no como asunto aislado y personal sino como arma:

“Sería un error considerar el patrón institucionalizado de la violación durante la esclavitud como una expresión de los impulsos sexuales de los hombre blancos [...] La violación era un arma de dominación y de represión cuyo objetivo encubierto era ahogar el deseo de resistir en la mujeres negras y, de paso, desmoralizar a sus hombres. Las observaciones  formuladas acerca del papel de la violación durante la guerra de Vietnam también podrían ser válidas para abordar el periodo de esclavitud. [...] Cuando los soldados estadounidenses fueron incitados a violar a las mujeres y jóvenes vietnamitas (y en ocasiones se le recomendó “registrar” a las mujeres “con sus penes”), se estaba forjando un arma de terrorismo  político de masas. Dado que las mujeres vietnamitas se distinguieron por sus contribuciones heroicas a las lucha por la liberación de su pueblo, la represalia militar específicamente diseñada para ellas fue la violación.”

Retomará esta idea en un penúltimo capítulo dedicado exclusivamente a esto. Con el título “Violación, racismo y el mito del violador negro” comienza un texto demoledor y que apunta directa con el dedo a la causa de este problema. Y justo señala el origen del mismo en el sistema capitalista feroz emergente en el esclavismo:

“La rutina del abuso sexual servía para sustentar la esclavitud en la misma medida que el látigo y los azotes. La naturaleza irreprimible de impulso sexual [...] no guarda ninguna relación con esta práctica institucionalización de la violación sino que, más exactamente, la coerción sexual constituía una dimensión esencial de las relaciones sociales entre el propietario y su esclava. En otras palabras, el derecho que los propietarios de esclavos y sus ayudantes se adjudicaban sobre los cuerpos de las mujeres negras era una expresión directa de sus pretendidos derechos de propiedad sobre el conjunto de las personas de color. La licencia para violar emanaba, además de facilitarla, de la salvaje dominación económica que caracterizaba, distintiva y espantosamente, a la esclavitud.

A pesar de la abolición de la esclavitud, el modelo de abuso sexual institucionalizado de las mujeres negras había adquirido tanto poder  que pudo recomponerse para sobrevivir a su desaparición. La violación colectiva, perpetrada por el Ku Klux Klan[...] se convirtió en un arma política desnuda de la contienda para hacer abortar el movimiento a favor de la igualdad de las personas negras.”

Un capitalismo que promulgó la violación como arma y que, conforme iban evolucionando los hechos, fue cambiando de argumentario: la protección de los esclavistas, la disolución de las sublevaciones de los esclavos, la eliminación de la supremacía negra en los votos y el mito del violador negro, figura muchas veces inventada que servía como justificante para apalear y asesinar a un negro o a toda su familia.  Este mismo capitalismo obtenía con la popularización del racismo activo y agente una doble ventaja: 1) la sobreexplotación de la clase obrera negra y 2) apaciguamiento de la clase obrera blanca desviando su atención hacia el racismo, convirtiéndola en protectora de la clase que lo explotaba.

Para acabar, me gustaría destacar un últimos elemento sexista (también racista y de clase) al que Angela Davis dedica un capítulo completo y que, por actual siempre, merece la pena señalar: el control de la natalidad y los derechos reproductivos. Anticonceptivos y derecho al aborto, reivindicaciones siempre presentes en las luchas feministas, pero que, de nuevo, acompañadas de racismo derivaron en corrientes eugenésicas donde ofrecieron al estado un arma de control de la natalidad por raza y clase. Con términos como ‘el suicidio de la raza’ pronto llevó a asimilar (y difundir, y legislar) la idea de que el control de natalidad era un derecho para las mujeres ricas y blancas y un deber para el resto. Un deber que calificaron de “moral” culpabilizando a esas mujeres de todos los problemas de natalidad. Así, relata las haciendas del movimiento eugenista sobre control de natalidad que sometieron a esterilizaciones quirúrgicas forzosas a aquellas que consideraban “ineptas”, como el caso de las hermanas Relf o datos como que en Carolina del Norte se produjeron bajo esas políticas más de 7000 esterilizaciones forzosas, de las cuales 5000 eran a mujeres negras. Unos datos brutales que además asocia con el dinero que ofreció USA desde las arcas federales para financiar esta política en lugares como Puerto Rico. Estos referentes se pueden asociar claramente al control de natalidad que hicieron países como Suecia a las mujeres gitanas.

El control a través del sexo forzoso, la excusa de la violación infundada para los linchamientos y la castración forzosa, son elementos sistematizados y en ocasiones legislados. No son una cuestiones aisladas o un problema social, son herramientas opresoras. Por tanto, la explotación sexual la analiza como parte estructural del capitalismo. Sexismo, racismo y violación forman parte inseparable del sistema. Así como la autora señala, “la amenaza de violación, que es la cara más violenta del sexismo, continuará existiendo mientras la opresión global de las mujeres siga siendo un sostén esencial para el capitalismo”.

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